martes, 7 de octubre de 2008

Madrid, 32 de octubre de 2008
A mí me pareció la misma clase repetida. El profesor, que seguro era el mismo (y eso no hubiéramos podido debatirlo frente a unas copas de vino, aunque por qué no, realmente debería de haberle preguntado, ¿no crees?, decirle ¿es usted el mismo?), hablaba esta vez del siglo XIX y no del XX como en la clase inmediatamente anterior , en la que dedicó la hora y media completa a recomendarnos una bibliografía sobre el arte de esa época, así que ya sabía lo que nos esperaba (me refiero al centenar de individuos que había madrugado con toda su buena voluntad protegiéndose de lo que sus cabezas podían depararles, como observar, imagínate, todos los espejos en que se convierten los cristales del vagón, donde también estuve yo) que era ni más ni menos que una hora y media para escribirte, y acabo de recordar algo que no te conté, por un olvido, esa noche que ante un guiso de sepia (la primera vez que comías sepia, cosas de ser peruano, pensé, cosas de ser tú, entendí después) un poco demasiado salado por mi ansia de hacer sabrosa una receta inventada te conté que por un tiempo no quería nada de lo que ocurriera fuera de mi apartamento, por lo que ni siquiera iba a invitar a nadie durante una temporada. Se me olvidó decirte que el viernes, en el trabajo, leí el mail de una clienta a la que habíamos enviado una factura y, ante la imposibilidad de abrir el archivo, nos daba otra dirección electrónica para que se la enviásemos por favor de nuevo. Esta dirección terminaba así: @franciscojurado.com, y no me lo estoy inventando. ¿Recuerdas que el viernes íbamos a llamarnos para otra copa de vino blanco y ninguno de los dos lo hizo? La sal era una venganza, la sepia era una trampa, una excusa para decirte que el verano había acabado y que el otoño había comenzado con tanta violencia que yo sólo podía quedarme tranquila y calladita, no para que pasase más rápido, sino para sacarle provecho, ya sabes: te presté unos libros, escribí un rato después de que te fueras (estaba escribiendo un relato sobre cómo la injusticia se pronuncia cuando uno se entera de algo que no pidió saber), y me acosté temprano acomodando a mi gato entre mi vientre y mis rodillas.
Inés Plasencia Camps

3 comentarios:

eliseo dijo...

Inés. He leído tus tres últimos escritos. Te superas constantemente. La fuerza expresiva de tus escritos supera con mucho a las palabras y las frases. No recordaba tanta fuerza desde Tiempo de Silencio o el primer Marsé, cuando la rabia potenciaba los textos y el argumento.
Espero tu novela y te diré que si alguien es capaz de escribir una frase tan bella como haces en este escrito, es ya un escritor/a importante. Suerte.

Francisco Jurado Chueca e Inés Plasencia Camps dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
mcvalen2@gmail.com dijo...

Hola Inés,

Sólo para decirte que sigo leyéndote y lo hago súper a gusto.

espero con impaciencia tu próxima entrega, aunque me voy y tardaré unos días en poder comunicarme.

Que la fuerza y energía positiva te sigan guiando e inspirando.

hasta mi vuelta

mcvalen3