jueves, 3 de julio de 2008

Francisco, ¿se puede uno enterar de dónde diablos te has ido?
Inés.

lunes, 23 de junio de 2008

Madrid, 23 de junio de 2008
He tenido últimamente extraños, bucólicos episodios de felicidad.
Primero tiré la toalla y me sentí al fin ligera, tras los surcos de agua desparramada justo el día en que comenzó el buen tiempo que tan poco (tampoco) duró: ya hacía cuarenta grados al día siguiente y se habían evaporado las huellas de eso que tan cansada me dejó.
En segundo lugar, no me regañes, me enamoré de un músico en el metro, algo que pensé que no podría ocurrirme a mí y que encuentro tiernamente ridículo, por lo que decidí no luchar por nuestro amor para evitar una subida de azúcar que he de controlar a causa de antecedentes familiares, lo cual se traduce en no saludarle más y cambiar de trayecto para ir a la universidad. Ahora tardo dos horas y cuarto y he de despertarme a las cinco y media de la mañana, pero compréndelo, ¿hubiera tenido excusa para enamorarme como Swann de una pieza musical, ahora que sé que Odette no era realmente su tipo? Demasiado grotesca la respuesta a la pregunta sobre cómo nos conocimos:
-Entonces vi su flauta travesera y supe que estaba destinada a soplar a través de ella.
Tuve que actuar con rapidez. Él me dijo “hasta luego”, y como es lo más bonito que me ha dicho un hombre que no sea mi padre flaqueé, le sonreí, lo reconozco, y también que durante días perdí trenes de tanto mirar en cada vagón buscándole hasta que decidí que esas historias tan dulces no son para mí. Y es a esa conclusión a la que me refería cuando dije “bucólica felicidad”.
En tercer lugar y por si aún no has necesitado una manzanilla o un poleo, he de confesarte que llevo varios días viendo florecer mi orquídea. Lo hago porque eso sólo ocurre dos veces al año y he de estar atenta (lo de enamorarme en el metro me sucede unas veinte salvo aquel año en que disponía del coche de mi padre, en Francia, y me iba al trabajo a las seis de la mañana recorriendo un buen trecho de autopista que tenía, claro, todos los rótulos en francés, a esa hora siempre vacía) porque puedo perderme el momento en que asome el blanco y tendría que esperar otro año. Sé que esta costumbre viene de mi madre, que se sentía pez durante una temporada y dejaba la mente en blanco para sentir la corriente sentada frente a su escritorio, pues bien, esa extraña felicidad que es florecer una vez al año es lo más interesante que me ha pasado desde que insististe en pedir otra copa de vino blanco para después perderte en la Feria del Libro sin haber encontrado el libro que quería comprarte por sorpresa en un momento en que te perdí de vista.
Inés Plasencia Camps

jueves, 12 de junio de 2008

Madrid 10 de agosto de 2008


Salí también. Me escapé de la luz medieval y mucho. No escribo porque no pienso, porque no puedo continuar encerrado en una sola ciudad. Ahora lo intento pero apesto a polvo mordido. Aun lo intento.
Salí de Madrid y otra vez lo sentí y encontré una nubecilla de lana y dentro un pajar de sangre, un dónde estás de música y presumida distancia, una memoria obscena, celosa, propensa al aniquilamiento, arriesgada, poco contenida, afectuosamente lasciva y brutalmente tan moderada que bajo esa mezcla de caparazón de águila y sueño de enjambre es capaz de llevar su pasión hasta lastimar cualquier transparencia del cielo. Salí sin importarme siquiera la existencia de una pareja fiel o de aquel que su ausencia tantas veces exige sometimiento. Claro está.

Y ahora dime si es inútil, no lo sé, ¿tú que piensas?, crearme límites poco conocidos para mí, nada silenciosos, que lo único que logran es llegarse a encontrar uno mismo que obliga olvidar aquel perfume de aliento oliva y sabrosa carne que ahora aprieto.

Lamentablemente volví y en esta ciudad no son así. Solo algunas me alegra y me descubre, pero aún así quiero distraer la arrogancia infantil, a las que aúllan nada convincentes, monaguillas de piedra, elocuentes fingidoras, cordiales y torpes, de grandes discursos, de mirada ajada. Desnudas después de inocente envidia. De palabras que sudan desahuciadas y que ríen tan fuerte que el acre se arranca el aire que desea.
Aquí estoy y felizmente no todo estímulo logran amputar algunas, insisto, solo algunas. Muchas alegres son, pero la ira arruga la piel de cada palabra. El recuerdo la empapa. El tiempo la enamora y la distancia la lanza atada a mi culpa.
Luego te contaré con insistencia de qué te quiero armar. Ahora no, no me apetece. Un beso.

Francisco Jurado Chueca

martes, 3 de junio de 2008


18 de julio de 1936

Difícil imaginar que nos ocurra lo que a ellos. Me refiero a la fotografía de aquellos indios del Amazonas que pertenecen a una tribu recién descubierta que tanto me impactó y que se publicó hace pocos días. Fíjate, de las diez personas que aparecen algunas son rojas y una es negra como bañada en un barril de petróleo, y apuntan con sus lanzas y flechas hacia una cosa enorme (si es que "cosa" existe para ellos, tal vez vivan entre conceptos más abstractos, quién sabe) que emite un zumbido y de la que asoma algo similar a ellos, parecido a una persona pero cubierto todo el cuerpo de pieles brillantes. La fotografía, aunque tomada a cierta distancia, me resulta incómoda. Miro una a una sus reacciones pero pierdo sus caras al ampliar la imagen, sólo entiendo que se defienden de todos nosotros, de todo el que mire la fotografía y eso, la verdad, por primera vez, me hizo sentir "el otro". El otro al que atacamos siempre porque no se nos parece, pero incluso así, difícil imaginar que nos ocurra lo que a ellos: ver de repente algo tan desconocido y sentir ese terror, bajo algo inmenso que agita sus alas haciendo círculos a una velocidad hasta entonces impensable.
Recordé la fotografía charlando con Víctor en los balcones de un mesón de Chinchón, adonde habíamos ido para celebrar mi cumpleaños. Le hablé de la noticia, de cómo me sentí siendo el otro, de cómo me sorprende pensar que, por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial no significa nada en algunos lugares, ni la guerra ni tantas otras cosas mientras que para ellos hay mil tipos de hormigas y no dos, negras y rojas, como pensamos nosotros, y otras diferencias más elevadas, claro, no sé, quizá reglas que ni siquiera imaginamos y donde poco importa todo lo que llevamos haciendo durante siglos, cosas que consideramos tan importantes como la democracia y los teléfonos móviles.
Se lo conté mientras recuerdos llegaban como bengalas. De repente, una imagen; después, otra imagen e iban pasando una por una como borrándose, como si durante tanto tiempo sepultadas escupieran una última burbuja de barro antes de descender definitivamente al fondo. Pero lo inquietante es que si esas imágenes, después de siglos, resurgieran arrastradas por la corriente e hinchadas de oxígeno a la superficie, no conseguirían sorprenderme como el helicóptero a esos indios aunque quizá, es cierto, causarían en mí un terror parecido.
Inés Plasencia

viernes, 30 de mayo de 2008

Madrid, 18 de febrero de 2009

Viven conmigo dos osos pardos. La más pequeña tiene las garras cortas y eso para mí es un gran alivio porque cuando caminamos juntos siempre me sujeta de la cintura con sus patas delanteras, se deja sin movimiento alguno de tal forma que la arrastro, ella incapaz de mover músculo alguno, por medio Madrid y tan pronto se cansa me muerde apenas la espalda. Me detengo y de un salto se sube a mis hombros, se aferra al cuello hasta el ahogo materno y contentos andamos. El de algunos meses mayor camina siempre a mi derecha, en silencio, mirando todo y como sabe que lo estoy mirando suele girar para decirme con un pequeño y adormecido parpadeo que todo va bien, que todo aún es extraño.
Ayer domingo decidimos ir a La Latina. Pasamos por Preciados, camino obligatorio, y mientras la pequeña se sujetaba a mi espalda, miles de personas pedían dinero en esos estrechos 150 metros. Unos tocaban, otros lamentaban su mala suerte, otros luchaban completamente ebrios, algunos en claustrofóbico silencio, caminando, discutiendo, colgando miedo y siempre en medio y sonriente aquel que viste de policías a sus perros. A los lados y por el centro otro millón de personas todos los días.
Nadie miró ni pronunció gesto alguno. Nosotros callamos conscientes de conocer y convivir entre tamaña especie humana. Los osos aún así se desplazaban desconcertados por la lucha pasiva de unos y por el pavor brutal de otros, por ser la razón la que culpa el mendigar criterios y corazones, una moneda, una mirada, una pregunta o al menos ni mierda, la que al final te priva de querer con las entrañas. No de querer seguir viviendo y exhaustos llegamos a la Plaza de la Paja. Nos sentamos donde se pudo y en medio de tal estruendo de gentes y cervezas, uno de los osos, no recuerdo quién, cogió entre sus manos a Luis Hernández y nos dijo:
Adiós. Me voy a otro lugar
Y si la tristeza
Me alcanza
Y si la tristeza me alcanza
Me cubriré con el agua
De la mar. Y no he más
De morir.
Y no he más.


Y recordé que una amiga tuya tiene un bar cerca. Camoatín. Lo encontramos. Pedimos unas copas de vino blanco y nos reímos de cómo nos emborrachábamos allí. ¿Recuerdas? La última vez me fui temprano.

Francisco Jurado Chueca

lunes, 26 de mayo de 2008

Mayo del 68
He comenzado a hacer un inventario de la habitación. Me entró miedo al leer tu carta, pensé que quizás puedo perder algo y no darme cuenta hasta pasado un tiempo y me quede como tú sin el silencio. He aquí lo que hay en mi habitación, donde paso la mayor parte del tiempo (la verdad, apenas estoy en el salón). Del suelo para arriba: una cama, un despertador, una pequeña figura de Buda, una lámpara, un ladrón con tres enchufes, una orquídea que resultó resucitar, un libro sobre los pintores flamencos del siglo XV, unas zapatillas, una bolsa vacía, “All that jazz”, que por cierto aún no he visto, unas botas, la revista Exit, la que te gustó, una papelera, “Austerlitz” con un papel en la página cincuenta y tres, una botella de agua vacía que llenaré enseguida para tenerla junto a mí mientras trabajo, la cartera, mi ipod, un pintalabios, un tampón, un rollo de celo, mi agenda, rimmel, dos bolsos, un jersey violeta que me dio mi madre y que ha sustituido a la bata que utilicé durante años, mi gato, la mesa, un paquete de galletas (acabo de desayunar), el router del ordenador, el ordenador, la taza de café (ayer, además, un cliente me dijo que no se llamaba taza sino “mug”, y esa palabra me parece tan hortera que no pude sino defender la mía y acabamos casi peleados porque yo no cedía, y cuando me dijo que él era mucho mayor que yo y de toda la vida se había llamado “mug” yo supe que mentía, porque la edad de una persona no es prueba del buen uso de un significante y menos aún de ése, pues soy incapaz de imaginar a mi abuela en la posguerra sirviendo leche de vaca ordeñada por ella en un “mug” (probablemente tampoco la llamaría taza, aunque yo al menos no utilicé ese argumento) y, de hecho, concluyó la conversación diciéndome que yo puedo permitirme ser pesada porque soy guapa, eso sí, también yo logré que él reconociera que él era un plomo de viejo), una cafetera napolitana, las muñecas rusas con las caritas de los Beatles que me regaló mi hermana, ese líquido rosa que me dio Julie, que es en realidad una obra de arte, una grapadora, una carpeta y sobre ella, un montón de papeles, “Romancero gitano”, tres tazas (taza, taza, taza, recuerdo una vez que de pequeña olvidé el significado de esa palabra y le pregunté qué significaba a mi profesora, sorprendiéndose un poco, la verdad), una crema de cacao para los labios, un disco de Sabina y Serrat, un retrato inacabo que empecé para Ricard (se titula “Ricard fumando ante la sierra de Guadarrama, inacabado”), la cartilla del banco, el borrador de un trabajo que he de entregar mañana, una cajita de cerillas, y junto a la mesa, una estufa, y sobre la estufa, tres libros, unos apuntes que me dejó un compañero, “Elogio del individuo” de Todorov y un número atrasado de moda de El País Semanal, y por cierto, tranquilo, la estufa está por supuesto apagada (quizá la encienda, ayer hizo un frío incomprensible en mayo que todavía me tiene anonadada), sobre la balda, libros y papeles (que merecen un inventario aparte, así que dejémoslo en “libros y papeles”), colgados en las paredes un dibujo de Aina, mi sobrina, un collar, la reproducción de una pintura de castas, imagino, del siglo XVIII, un calendario en el que enganché un collar diseñado por Annie Albers, una pintura sobre seda que me regaló la madre de Víctor, dos collares sobre una foto de Barcelona, una planta que está casi muerta (es por ser optimista, la verdad es que ya no está entre nosotros) y un atrapasueños en el que ya no creo pero que soy incapaz de tirar. Pero tu silencio tampoco está aquí.
¿Lo buscaste bajo el sofá? Yo a veces encuentro ahí recuerdos espeluznantes y otras a Camilo durmiendo tranquilo. Me tumbo con él y cuando me despierto estoy llena de polvo y de pelo y como soy alérgica estoy enferma al salir. Pero eso nunca me pasa los días que trabajo, sólo enfermo cuando estoy libre. Ahora he de irme a trabajar. ¿Vendrás a visitarme?

Inés Plasencia

viernes, 23 de mayo de 2008

Madrid, 23 de mayo de 2008

Vivo en el piso 8 y ayer durante todo el día contuve un deseo y una canción. Me deshacía inquieto frente al ascensor y decidí subir por las escaleras. No te sorprendas, Inés. No te acomodes los lentes ni dejes caer el mentón, pero al llegar al escalón 51 se me escurrieron de la cara todas las letras y al intentar aguantarlas perdí el interés en seguir contando los pasos. Giré. Lo pensé y comencé a bajar. Recogí un estribillo, llegué a otra escalera de losa blanca, empujé una pequeña reja y olfateé con la memoria hirviendo la calle. Once de la noche. Negué toda presencia. Pretendo esconder toda huella dactilar que arañe mi piel y que justifique todo acierto racional. Dime, Inés, ¿por qué tenemos que minar nuestras caricias según lo envidie la conciencia? ¿Por qué hincarnos ante aquel niño cruel que azota todo lo deseado?... Con la ira triste en los zapatos, miré el edificio, miré mis manos y salté, me sujeté con fuerza de paredes, cristales, polvo astillado, gotas de rabia y realeza. Resbalé apenas. Subí. Aire hermoso. No me fue difícil luchar contra mi humana presencia y sostenido en el marco de la ventana con un pequeño impulso me posé dentro de casa. Poco después me acosté.
Hoy muy temprano llovía. Llegué rápido a la calle, di diez pasos, doce, me miré, estaba a salvo, giré, dos más y un niño de 7 años sonreía a mi lado. Aguanté para no despertarlo. Para no cuestionarle tanta crueldad pero ahora al frente mío me causaba ternura. No lo creía. No creía su presencia a mi lado y yo…Inés…, lo sabes, no es habitual en mí, no quise esconderme ni huir ni enfrentarme a él hasta la inconciencia. Afónico, intenté sonreír con él pero no pude. Intenté sonreír. Lo vi resfriado y contento y yo exhausto… Inés…, se ha perdido mi mascota. Era una hormiga que en casa paseaba, linda, bajita, que a veces se sonrojaba. La busqué ayer antes de acostarme. No estaba. Se ha perdido en casa. Te juro que la busco, maldigo su ausencia, le grito de mil maneras que me encuentre, que he aprendido a asirme aun con este viento, es tuyo, que se cuide, que me escriba, que por favor me indique por qué tan quieta, tan dónde está.
Inés, te lo pido, si la encuentras dile que con ella se ha perdido mi silencio.

Francisco Jurado Chueca