Madrid, 20 de mayo de 2008
Francisco, todos los veinte de mayo tengo la impresión de estar olvidando algo. Creo que alguien cumple años, pero nunca he sabido quién. Cojo en un día como hoy la agenda y nombre a nombre voy diciendo "no, éste no, tampoco él". Sin embargo, yo sé que alguien celebra su nacimiento extrañando mi llamada.
-Esta Inés, qué cabeza, nunca se acuerda.
Me molesta porque siempre presumo de buena memoria. Recuerdo el día de cumpleaños de personas a las que he visto una única vez, aunque pase el tiempo. Miro el calendario y digo "hoy cumple años aquél". Pero no, nada, nada ni nadie me viene a la cabeza el veinte de mayo aunque me repite durante todo el día que le recuerde. De poco sirve un recuerdo anónimo, dirás, como decir "fue el mejor día de mi vida, lástima haber olvidado con quién estuve", claro, no puede ser, dirás, piensa un poco más, con suerte aparece de repente.
Podría parecer también que me confundo sobre qué recordar. Tengo en la cabeza esa fecha que algo he de hacer (y en efecto, he de devolver un libro a la biblioteca, y el miedo a olvidarlo es capaz de martillearme el cráneo desde dentro), pero quizás no se trata de un cumpleaños.
Francisco, no me alargo. Lo que he decidido hacer ha sido pensar en todas las personas que conozco, escribir su nombre y junto a él la fecha que lo vinculó al globo, y luego llamar a aquellos que no tenían nada escrito en ese espacio, y allí apareciste tú: ¿qué día es tu cumpleaños? Por casualidad, ¿has nacido hoy?
Pero ahí no acaban mis elucubraciones. Hay otra posibilidad.
Sé que mi parto se retrasó un poco, unos días. Si yo nací el uno de junio... ¿será de mí de quien me acuerdo cada veinte de mayo porque hoy debería haber sido mi día?
Te escribo desde la universidad. Estudiamos el interior holandés en la pintura del XVII. Por la tarde, Greenaway. Precisamente acaba de realizar una película sobre Rembrandt y hablará de ella. Pero a decir verdad me ha parecido una conferencia bastante mala.
Inés Plasencia Camps
miércoles, 21 de mayo de 2008
Madrid, 16 de setiembre de 2010
Hola Inés, no quería descubrirme, pero he de confesarte que hace algunos años de repente alguien hizo estallar sobre la mano un haz de luz tan cautivo que logró desaparecer todo el rededor, dejarme completamente solo e hizo que perdiera la cuidada coraza que cubría mi salvaje condición. Hoy te confieso que desde entonces no hago más que sin compasión alguna buscar el cuello de mi presa, blanco, tibio, hiriente, mirarla a los ojos, saltar al menor descuido, abrazarla, inmovilizarla, volver a mirarla a los ojos, oler su vida, abrirle el pecho entero, arrancarle el corazón y después, solo después ahora sí, dejarla ir.
Ese haz de luz precioso, que aún mantengo dentro tan frío como un banco a las 4 de la tarde, logró coger años enteros de mi vida, estrujarlos, amarrarlos y llevárselos consigo, tal vez sin saberlo, tal vez todavía los tiene allí entre sus bolsillos o mejor aun los echó al río. No lo sé. Ay de mí. No mirar más a los ojos inquieto por saber qué sienten, por conocer cómo se encuentran y extender tal vez mi tiempo para ellos. Ya no. De pronto soy solo yo el que busca la ausencia y el que observa, el que eriza el lomo cuando una niña viene corriendo hacia mí despreocupada mientras un padre detrás vigila el perímetro a su alcance.
Inés, estoy aquí vivo, aún en Madrid, cerca de Preciados acogiendo sin saber por qué este ahora corazón desenvainado, ya imposible de ser domesticado. Triste y contento. Apenas humano.
Francisco Jurado Chueca
Hola Inés, no quería descubrirme, pero he de confesarte que hace algunos años de repente alguien hizo estallar sobre la mano un haz de luz tan cautivo que logró desaparecer todo el rededor, dejarme completamente solo e hizo que perdiera la cuidada coraza que cubría mi salvaje condición. Hoy te confieso que desde entonces no hago más que sin compasión alguna buscar el cuello de mi presa, blanco, tibio, hiriente, mirarla a los ojos, saltar al menor descuido, abrazarla, inmovilizarla, volver a mirarla a los ojos, oler su vida, abrirle el pecho entero, arrancarle el corazón y después, solo después ahora sí, dejarla ir.
Ese haz de luz precioso, que aún mantengo dentro tan frío como un banco a las 4 de la tarde, logró coger años enteros de mi vida, estrujarlos, amarrarlos y llevárselos consigo, tal vez sin saberlo, tal vez todavía los tiene allí entre sus bolsillos o mejor aun los echó al río. No lo sé. Ay de mí. No mirar más a los ojos inquieto por saber qué sienten, por conocer cómo se encuentran y extender tal vez mi tiempo para ellos. Ya no. De pronto soy solo yo el que busca la ausencia y el que observa, el que eriza el lomo cuando una niña viene corriendo hacia mí despreocupada mientras un padre detrás vigila el perímetro a su alcance.
Inés, estoy aquí vivo, aún en Madrid, cerca de Preciados acogiendo sin saber por qué este ahora corazón desenvainado, ya imposible de ser domesticado. Triste y contento. Apenas humano.
Francisco Jurado Chueca
martes, 20 de mayo de 2008
Madrid, 12 de mayo de 2058.
Esta tarde estuve en una conferencia que dio Enrique Vila-Matas, ¿recuerdas?, el escritor que siempre te recomiendo y que nunca lees porque yo nunca te regalo ninguno de sus libros, que es mi obligación, dices, si tú me lo recomiendas, tú me lo has de poner delante. Pues bien, te eché en falta. Te habría encantado lo que decía, que si bien no era nuevo para los que le conocemos, a ti te habría encantado. Habló mucho de las citas, que usarlas, dijo, es buscar cómplices, y que es una vulgaridad pensar que no le debemos nada a nadie cuando escribimos.
Al finalizar la conferencia cogí el metro y bajé dos paradas después de mi casa para pasear un rato. Quería ver la Latina de noche, cómo está llena sea lunes u otro día, porque eso es lo que siempre me ha fascinado de Madrid, que a las nueve no haya sitio libre en las terrazas y malhumorado pienses que sólo quieres sentarte aunque haya que compartir mesa con extraños. Quiero sentarme, pensé, y después sentí que suplicaba diciéndoles que mis razones eran mayores, preguntándoles si ellos también volvían de escuchar que escribimos siempre detrás de otros y que a la novela sólo le queda el estilo y que todos somos Erik Satie.
Hoy sólo tuve encuentros. En realidad, no vi a nadie hoy. Me has dicho que la dinámica de lo nuestro te gusta y que tú también confías en Valle-Inclán. Si eso es hablar, sólo lo hice contigo, y no oí tu voz. Me gustaría perderte en la Latina. Podríamos jugar a encontrarnos, y sí, he decidido citar también, y encontrarnos o no. Probablemente no escogeríamos las mismas calles, pues nuestra ciudad es la misma o no, la verdad, no siempre lo es. Lo es cuando los dos sabemos que nos detuvimos ante la misma estatua gris de la plaza de Oriente, tan rodeada de todo gris: el palacio, el teatro, los adoquines, la catedral. Es la misma cuando estás solo y te diriges a clase y cuando yo, cansada, vuelvo de la universidad, entonces es igual. De pronto la diversión las separa, las olvida, las dos ciudades en las que vivimos giran como partículas que se repelen alrededor de una relación epistolar. La diversión parece no encontrar lugares comunes.
Inés Plasencia
Esta tarde estuve en una conferencia que dio Enrique Vila-Matas, ¿recuerdas?, el escritor que siempre te recomiendo y que nunca lees porque yo nunca te regalo ninguno de sus libros, que es mi obligación, dices, si tú me lo recomiendas, tú me lo has de poner delante. Pues bien, te eché en falta. Te habría encantado lo que decía, que si bien no era nuevo para los que le conocemos, a ti te habría encantado. Habló mucho de las citas, que usarlas, dijo, es buscar cómplices, y que es una vulgaridad pensar que no le debemos nada a nadie cuando escribimos.
Al finalizar la conferencia cogí el metro y bajé dos paradas después de mi casa para pasear un rato. Quería ver la Latina de noche, cómo está llena sea lunes u otro día, porque eso es lo que siempre me ha fascinado de Madrid, que a las nueve no haya sitio libre en las terrazas y malhumorado pienses que sólo quieres sentarte aunque haya que compartir mesa con extraños. Quiero sentarme, pensé, y después sentí que suplicaba diciéndoles que mis razones eran mayores, preguntándoles si ellos también volvían de escuchar que escribimos siempre detrás de otros y que a la novela sólo le queda el estilo y que todos somos Erik Satie.
Hoy sólo tuve encuentros. En realidad, no vi a nadie hoy. Me has dicho que la dinámica de lo nuestro te gusta y que tú también confías en Valle-Inclán. Si eso es hablar, sólo lo hice contigo, y no oí tu voz. Me gustaría perderte en la Latina. Podríamos jugar a encontrarnos, y sí, he decidido citar también, y encontrarnos o no. Probablemente no escogeríamos las mismas calles, pues nuestra ciudad es la misma o no, la verdad, no siempre lo es. Lo es cuando los dos sabemos que nos detuvimos ante la misma estatua gris de la plaza de Oriente, tan rodeada de todo gris: el palacio, el teatro, los adoquines, la catedral. Es la misma cuando estás solo y te diriges a clase y cuando yo, cansada, vuelvo de la universidad, entonces es igual. De pronto la diversión las separa, las olvida, las dos ciudades en las que vivimos giran como partículas que se repelen alrededor de una relación epistolar. La diversión parece no encontrar lugares comunes.
Inés Plasencia
viernes, 16 de mayo de 2008
Madrid, 16 de mayo 2008
Despertar bajo un mar oscuro y quieto y herido y en silencio es también despertar y ver que hoy no estás. O peor aún, que hoy subiré las escaleras con la fresca certeza de que hoy no dirás hola ni extenderás la o para darme tiempo a girar y sonreír. O incluso peor, despertar y encender la luz para escribir y no resbalar en la ducha es además saber que hoy es viernes y que debo esperar ya quisiera como un gato a que llegue el miércoles, el jueves y otro viernes para encender la luz y verte aquí. Dos gatos durmiendo. Despertar bajo un mar que hoy esconde Madrid aquí, mientras llueve.
Un beso.
Mañana también.
Francisco Jurado Chueca
Despertar bajo un mar oscuro y quieto y herido y en silencio es también despertar y ver que hoy no estás. O peor aún, que hoy subiré las escaleras con la fresca certeza de que hoy no dirás hola ni extenderás la o para darme tiempo a girar y sonreír. O incluso peor, despertar y encender la luz para escribir y no resbalar en la ducha es además saber que hoy es viernes y que debo esperar ya quisiera como un gato a que llegue el miércoles, el jueves y otro viernes para encender la luz y verte aquí. Dos gatos durmiendo. Despertar bajo un mar que hoy esconde Madrid aquí, mientras llueve.
Un beso.
Mañana también.
Francisco Jurado Chueca
domingo, 11 de mayo de 2008
Madrid, 6 de diciembre de 2001
Visconti: “La actividad creativa es la obra del hombre que vive entre dos hombres.”
La actividad creativa, señor Jurado, la actividad creativa. ¿Cómo la llamamos? Algo tan privado, ¿no te parece?
Recuerdo infinitos traslados, pero este último ha sido especialmente cansado. Los trastos se amontonaban junto a la puerta, donde los trasladaba para poder seguir durmiendo tranquila hasta dejar la casa; si no, la habitación parecía el territorio de un cincuentón embargado lamentándose. Pero ahora ya estoy aquí. Te escribo. Para seguir entre dos hombres, para quitar las telarañas que fabrica la alienante vida trabajadora, ésa que nos habían prometido sinónimo de libertad cuando se peleaba uno con el padre, esa al fin tranquila mujer que miraba el paisaje urbano de soslayo en otro intento de olvidar la esclavitud. Y seguir entre dos hombres, como algunos nos despertamos, qué sé yo, Francisco, la actividad creativa. Ahora ya estoy aquí. Hoy ví tanta gente ante mí que incluso un antiguo compañero de clase vino, pero no le conoces. Era del año anterior a conocernos, cuando yo me había intentado meter en el mundo de los ordenadores y el trabajo en equipo, claro, ya sabes, fracasada de nuevo, pero no perdamos el hilo: también un compañero de clase. Era cuando yo estaba recién llegada a Madrid, antes de irme para volver (qué gran idea) cuatro años más tarde, y de seis en seis escuchábamos de pie cómo pueden unirse las imágenes y así, ¿sabes?, se recuerda. Que casi todo es lo mismo también es inventárselo un poco, pues te recuerdas con lo que ya has aprendido con traslados, más traslados, pero ahora ya estoy aquí, y estoy intentando ver qué tal se vive entre tres hombres.
Inés Plasencia Camps
Visconti: “La actividad creativa es la obra del hombre que vive entre dos hombres.”
La actividad creativa, señor Jurado, la actividad creativa. ¿Cómo la llamamos? Algo tan privado, ¿no te parece?
Recuerdo infinitos traslados, pero este último ha sido especialmente cansado. Los trastos se amontonaban junto a la puerta, donde los trasladaba para poder seguir durmiendo tranquila hasta dejar la casa; si no, la habitación parecía el territorio de un cincuentón embargado lamentándose. Pero ahora ya estoy aquí. Te escribo. Para seguir entre dos hombres, para quitar las telarañas que fabrica la alienante vida trabajadora, ésa que nos habían prometido sinónimo de libertad cuando se peleaba uno con el padre, esa al fin tranquila mujer que miraba el paisaje urbano de soslayo en otro intento de olvidar la esclavitud. Y seguir entre dos hombres, como algunos nos despertamos, qué sé yo, Francisco, la actividad creativa. Ahora ya estoy aquí. Hoy ví tanta gente ante mí que incluso un antiguo compañero de clase vino, pero no le conoces. Era del año anterior a conocernos, cuando yo me había intentado meter en el mundo de los ordenadores y el trabajo en equipo, claro, ya sabes, fracasada de nuevo, pero no perdamos el hilo: también un compañero de clase. Era cuando yo estaba recién llegada a Madrid, antes de irme para volver (qué gran idea) cuatro años más tarde, y de seis en seis escuchábamos de pie cómo pueden unirse las imágenes y así, ¿sabes?, se recuerda. Que casi todo es lo mismo también es inventárselo un poco, pues te recuerdas con lo que ya has aprendido con traslados, más traslados, pero ahora ya estoy aquí, y estoy intentando ver qué tal se vive entre tres hombres.
Inés Plasencia Camps
martes, 6 de mayo de 2008
Madrid, 2 de mayo de 1972
Del Albacín, después de comer pescados y mariscos en la plaza Fátima, un vino blanco entre un convencido sol y muchas personas, decidimos ir a Sacromonte. Cuatro y veinte de la tarde, Sacromonte -->, dos calles, una curva, una bifurcación, para arriba, cinco calles, una pequeña vereda, cien metros, algunas personas, Sacromonte <-- y un serpentín largo que alberga más bares y melancolía y la sombra inmensa de la Alhambra, a mi izquierda, al parecer desenterrada. Muda. Sospechosa. Prisionera. Aun así, me mantuve en silencio. Me habría encantado que estuvieses allí conmigo dentro de aquella respiración chapoteada por el sol. Tan lejos estás pero llegamos. Subimos unas largas escaleras de piedra. Caminamos olisqueando, resbalando y bajando, invadiendo y procurando no interrumpir la paz de aquellas cuevas del Sacromonte. Tan apartado de todo, tan ancha y emprendida la libertad aquí a gusto de tierra, sinceridad y creencia.
Solo arriba de todo descansamos cinco minutos, después nos perdimos y llegamos a Valparaíso. Allí el Cortijo del Viento con generoso silencio ofrece té y café. Dos mesas o tres, una hamaca atada a dos árboles que se mantienen a un metro abajo del borde del camino junto a unos cactus. Al frente una cueva hermosa, restaurada durante cinco años por ‘Vladimir’. Dolores también estaba allí y se acurrucó con nosotros mientras ‘Vladimir’ nos contaba que él la llama Lolita y que su otro gato, Pérez, no llega a casa desde hace varias semanas, que vino hace poco solo porque Lolita o Dolores estaba en celo y que después de preñarla se fue. Te extraño tanto. Donde estoy caben además todas nuestras angustias y sus gatos. Morderán tal vez a las personas y a los perros que se acerquen. Arañarán nuestro territorio. Serán como Pérez. Nadie las seducirá. No. El ser humano es la única especie que puede ser inducida al engaño por otro de su misma especie. Lo dijo ‘Vladimir’ y le miré las manos.
Cien historias, la lucha por el agua, té delicioso y una persona que dice ya estar muy vieja para continuar en la cárcel hicieron que bajáramos a las 9.30 de la noche aproximadamente. Hicieron que buscáramos un par de espacios que nos recomendó y lograron que en el Paseo de los Tristes creyéramos que era con él con quien conversábamos camino a casa. Nos reímos. Lloramos. Habíamos conversado con un pintor que conocimos el día anterior y que estaba cansado de no pisar tierra que no esté transformada para el foráneo. Arriba sí hay le hubieras dicho. En Valparaíso, hubieras gritado y me habrías mirado para que lo repitiera. Para convencerme de que estuviste dentro conmigo.
Francisco Jurado Chueca
Del Albacín, después de comer pescados y mariscos en la plaza Fátima, un vino blanco entre un convencido sol y muchas personas, decidimos ir a Sacromonte. Cuatro y veinte de la tarde, Sacromonte -->, dos calles, una curva, una bifurcación, para arriba, cinco calles, una pequeña vereda, cien metros, algunas personas, Sacromonte <-- y un serpentín largo que alberga más bares y melancolía y la sombra inmensa de la Alhambra, a mi izquierda, al parecer desenterrada. Muda. Sospechosa. Prisionera. Aun así, me mantuve en silencio. Me habría encantado que estuvieses allí conmigo dentro de aquella respiración chapoteada por el sol. Tan lejos estás pero llegamos. Subimos unas largas escaleras de piedra. Caminamos olisqueando, resbalando y bajando, invadiendo y procurando no interrumpir la paz de aquellas cuevas del Sacromonte. Tan apartado de todo, tan ancha y emprendida la libertad aquí a gusto de tierra, sinceridad y creencia.
Solo arriba de todo descansamos cinco minutos, después nos perdimos y llegamos a Valparaíso. Allí el Cortijo del Viento con generoso silencio ofrece té y café. Dos mesas o tres, una hamaca atada a dos árboles que se mantienen a un metro abajo del borde del camino junto a unos cactus. Al frente una cueva hermosa, restaurada durante cinco años por ‘Vladimir’. Dolores también estaba allí y se acurrucó con nosotros mientras ‘Vladimir’ nos contaba que él la llama Lolita y que su otro gato, Pérez, no llega a casa desde hace varias semanas, que vino hace poco solo porque Lolita o Dolores estaba en celo y que después de preñarla se fue. Te extraño tanto. Donde estoy caben además todas nuestras angustias y sus gatos. Morderán tal vez a las personas y a los perros que se acerquen. Arañarán nuestro territorio. Serán como Pérez. Nadie las seducirá. No. El ser humano es la única especie que puede ser inducida al engaño por otro de su misma especie. Lo dijo ‘Vladimir’ y le miré las manos.
Cien historias, la lucha por el agua, té delicioso y una persona que dice ya estar muy vieja para continuar en la cárcel hicieron que bajáramos a las 9.30 de la noche aproximadamente. Hicieron que buscáramos un par de espacios que nos recomendó y lograron que en el Paseo de los Tristes creyéramos que era con él con quien conversábamos camino a casa. Nos reímos. Lloramos. Habíamos conversado con un pintor que conocimos el día anterior y que estaba cansado de no pisar tierra que no esté transformada para el foráneo. Arriba sí hay le hubieras dicho. En Valparaíso, hubieras gritado y me habrías mirado para que lo repitiera. Para convencerme de que estuviste dentro conmigo.
Francisco Jurado Chueca
lunes, 5 de mayo de 2008
Madrid, 1 de junio de 1981
He salido de la ciudad. Hice auto stop hasta el primer día. Después a pie. Acabo de viajar hacia lo que necesito; he encontrado soluciones. Luego vi que no era real. De nuevo lo hice mal. Giraba alrededor de él, ¿sabes? Giraba en torno a la forma que toman los fantasmas cuando se disfrazan de amigos, de amor, y vi que no era real, dije, maldita sea, nunca es real, siempre parece real. Hice el resto del viaje a pie; no imaginas dónde llegué, agotada, de madrugada, enredada en una agorera decisión precipitada. Si abandoné el motivo del viaje fue porque había imaginado con demasiada intensidad el destino y de repente entendí que el viaje no alcanzaría a recorrer esa distancia. Fue un golpe seco y tibio, estoy avergonzada. Quería preguntarte cómo evitarlo, ¿lo conseguiste tú alguna vez, agarrarte a lo real?
He salido del tiempo. Te invito a la vida sin contemplaciones, al lugar en el que todo se mezcla y donde las paradas de metro se llaman como los días del año, no hay ayer, ni ahora siquiera. Lo que veo es accidental, lo demás sí es mío y sólo mío. Me debato, no sé si enviarte la carta por miedo a preocuparte. ¿A dónde he ido? Te cansaste de caminar, no deberías haber ido a pie sino en uno de esos velocísimos transportes modernos, hacía dónde, te diré, sólo se puede ir así. Hoy siento derrumbarse la nostalgia que me mantenía despierta, esa nostalgia de tuétanos empapados sin abrigo, ese sueño acumulado y acumulo, todo, todo lo que tengo lo tengo por acumulación.
Los viajes son siempre a otra parte. El de la agencia de viajes no se entera: me ofrece paquetes todo incluido, cruceros nada incluido, sonrisa por si cuela el desayuno. Yo le digo:
-¿Se da usted cuenta de que no entenderé nada? Póngame el desayuno.
El destino no figura nunca en el billete, añade.
Inés Plasencia Camps
He salido de la ciudad. Hice auto stop hasta el primer día. Después a pie. Acabo de viajar hacia lo que necesito; he encontrado soluciones. Luego vi que no era real. De nuevo lo hice mal. Giraba alrededor de él, ¿sabes? Giraba en torno a la forma que toman los fantasmas cuando se disfrazan de amigos, de amor, y vi que no era real, dije, maldita sea, nunca es real, siempre parece real. Hice el resto del viaje a pie; no imaginas dónde llegué, agotada, de madrugada, enredada en una agorera decisión precipitada. Si abandoné el motivo del viaje fue porque había imaginado con demasiada intensidad el destino y de repente entendí que el viaje no alcanzaría a recorrer esa distancia. Fue un golpe seco y tibio, estoy avergonzada. Quería preguntarte cómo evitarlo, ¿lo conseguiste tú alguna vez, agarrarte a lo real?
He salido del tiempo. Te invito a la vida sin contemplaciones, al lugar en el que todo se mezcla y donde las paradas de metro se llaman como los días del año, no hay ayer, ni ahora siquiera. Lo que veo es accidental, lo demás sí es mío y sólo mío. Me debato, no sé si enviarte la carta por miedo a preocuparte. ¿A dónde he ido? Te cansaste de caminar, no deberías haber ido a pie sino en uno de esos velocísimos transportes modernos, hacía dónde, te diré, sólo se puede ir así. Hoy siento derrumbarse la nostalgia que me mantenía despierta, esa nostalgia de tuétanos empapados sin abrigo, ese sueño acumulado y acumulo, todo, todo lo que tengo lo tengo por acumulación.
Los viajes son siempre a otra parte. El de la agencia de viajes no se entera: me ofrece paquetes todo incluido, cruceros nada incluido, sonrisa por si cuela el desayuno. Yo le digo:
-¿Se da usted cuenta de que no entenderé nada? Póngame el desayuno.
El destino no figura nunca en el billete, añade.
Inés Plasencia Camps
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