jueves, 25 de junio de 2009

Los Ángeles, 26 de junio de 2009

He vuelto a recordar que nunca estuve en México. Esa idea, que regresa en medio del descanso de la alienación laboral, coloca en las alturas el deseo de cultivar guayaba y maracuyá, y sobre todo, de no hacer lo que tantos hacen, Francisco, el deseo de no medirse de esa manera, de no compararse de esa manera, de hallar un sistema métrico apoyado en ser o no ser, y anular por completo el complemento directo de ese verbo. Los toldos de los balcones de enfrente se agitan con ese ruido de vela de barco inmenso y esa sombra de espalda de dragón, y la vida palpita en otra dirección mientras escucho los motores de esos coches que creen estar yendo hacia alguna parte. Y el trabajo… Lo dijo Guy Debord: “No trabajéis nunca”. Aparentemente soy una priviliegiada: podría entregarle mi vida a la prosa, escapar de la oficina y de los jefes y subordinados. Bastaría con un poco de esfuerzo, con un poco de fuerza constante y ellos ya no existirían más que en las dedicatorias de mis libros. Podría no verles más, no hablar con ellos nunca más salvo en una caseta de la Feria del Libro. Pero Madrid desaparece. Madrid desaparece y ellos se quedan, con sus ruidos, sus comentarios audibles pese a todo, pero opiniones que me importan menos que absolutamente nada, y encima no se puede uno ni tomar una caña en una terraza (¿recuerdas? La Latina se vuelve en verano una película en la que se cambia de plano al ritmo del pestañeo) porque están en todas partes y nos miran preguntándose entre ellos “¿para qué diablos sirven, esos poetas?”
Ya hace mucho calor. La humedad, mucho menor que en Lima. Me pregunto por dónde andas. Te escribo y te escribo, pero nada. Hace meses. Progresivamente, las cartas serán más infrecuentes y más breves, hasta que te ese día en que recibas una postal llegue y me culpes llamándome fría, desconsiderada, mala mujer, porque sabrás de sobra que lo he hecho para fastidiarte. “Ojalá estuvieras aquí”, escribiré en la postal, y una firma, firme, sin pena ni melancolía alguna. Pero nunca te habré convertido en uno de ellos, por mucho que afile el saludo antes de recibirte en la mansión de Los Ángeles que me compré tras ese libro sobre un crimen en el seno de una cofradía sufí que se convirtió en best-seller.
-¿Y México?- preguntarás.
-Oh, querido –te diré chupando la aceituna de mi Martini-, México es un lugar tan peligroso…
Yo no quiero trabajar nunca. No quiero tampoco explicar ni que me pregunten qué tal; en realidad quiero menos que nada. Se pasó la época del escándalo constante y llegó la de hacer el menor ruido posible. Hoy se ha muerto Michael Jackson. Yo estaba (qué raro…) birra en mano mientras Michael Jackson se moría, qué poco respeto. Se murió sin hacer ruido: ya nadie muere de sobredosis de morfina; ya nadie se arroja por la ventana. Le dio un infarto. Un paro cardíaco. Así no se mueren las estrellas del pop. México es un lugar tan peligroso… Al menos nosotros moriremos en medio de un tiroteo en Ciudad Juárez. Y como quiero morir en México, me tengo que ir pronto por si a acaso. Bajo las balas te agarraré de la mano, llena de sangre, y te pediré que si alguno de los dos sale vivo de ésta lo relate ante todos los medios de comunicación, y que vayamos a ver a nuestras madre y les digamos “murió como un héroe, no suplicó clemencia hasta el final, pero pudo salvarle la vida a un niño”. Seremos portada de diarios de nuestros países sólo por ser de ese país, y en esa plaza pondrán un monumento con el nombre de todos los fallecidos, entre los que estará uno de nosotros. Te agarraré la mano ensangrentada.
Y entonces me recordarás que finalmente nunca fui a México.
Inés Plasencia Camps.

sábado, 6 de junio de 2009

Madrid, 6 de junio de 2009
Hoy me han pasado por la cabeza tantas cosas sin poder evitarlo que estoy algo más cansada de lo habitual. Me desperté una hora antes de que el despertador sonara, creo que a causa de la intensidad de la luz, con esa idea: poco más. La habitación estaba limpia y el pecho era de nuevo algo insignificante, pero todavía lo recordaba, recordaba que no quería la hora que me quedaba porque me sentía bien, algo más liviana, ligeramente mayor, sin deseos por hoy. Por lo general no me gusta escribir con esa sensación en el cuerpo. He dejado pasar el día a ver si se me pasaba, y he atravesado casi todos los estados de ánimo que conozco, incluso me he dejado llevar por la ira y, como no tenía motivos, me he inventado algo no demasiado desagradable pero suficiente.
He recibido un libro que escribió mi tío Pepe. El preludio me ha parecido como hablar con él, que es una de las cosas que ya no puedo hacer. Ha sido triste y bonito. Por la tarde he ido a la Feria del Libro y uno de mis escritores favoritos (el que me dijo “o se escribe o se vive” en una de sus novelas) me ha firmado un ejemplar de su última obra, y me ha parecido tan amable que se me ha ocurrido que era el ser más feliz de la Tierra, y que la inteligencia sólo debía encaminarnos a esa ligereza y no a la sequedad ni al maltrato. Me ha dicho que mi voz era muy bonita, que las voces suelen pasar desapercibidas pero que en el fondo son muy influyentes, y que el protagonista de su nuevo libro adoraba la voz de su amante. Me he marchado contenta. Uno siempre cree que le recordarán.
Inés Plasencia Camps

martes, 2 de junio de 2009

DECÁLOGO DEL BUEN VERANO

1. Tenemos derecho a volvernos locos. No obstante, se recomienda que no sea de forma permanente.
2. No importa si las cosas salen mejor o peor: de todas formas, el resultado será trágico.
3. Intente ser feliz en todo momento. Puede que sea la última vez.
4. Hay que beber agua en grandes cantidades. Aquí no hay sequía.
5. Las casualidades no existen. Estoy segura de que lo tenían planeado.
6. Si se agobia pensando que el verano es un vacío existencial de tres meses, no es cierto. En nuestro país, ese vacío dura una media de ochenta años.
7. No intente adelgazar: usted es así.
8. Llame a su familia con frecuencia; no deseche la posibilidad de que dejen de hablarle.
9. Camine mucho. Con este calor, puede acortar sensiblemente la duración del vacío.
10. Y sobre todo: disfrute aunque sea porque no tiene nada mejor que hacer.

Inés Plasencia Camps

miércoles, 6 de mayo de 2009

Madrid, 6 de mayo de 2009
Eliminados el sueño, el hambre, el frío y el lunes, poco más que el ruido de la cafetería de la facultad, Francisco, me ha podido separar de lo que trajo el Día de la República, acercando el paso lento, rítmico, maltratado de la distancia al careo violento de dos días consecutivos del que, como tú, siempre está lejos o en definitiva fuera, ya sabes. Hay una manera de vivir que consiste en eso, y es infalible, pero prefiero tapiar la mirada e ignorarla fríamente, y bendita frialdad, me dijiste, apoyado en lo que quedaba de bar, bendita lejanía. Y luego el aula. Pasar al aula. Escuchar el aula. El sonido, te dije, es el gran ignorado, será porque todo el mundo sabe hacerlo, contestaste, pero callarse no, callarse no saben, continúas, y estás de nuevo en los límites al decir que si lo hicieran recuperarías las ideas que tenías antes de conocerles a ellos. Pero no fui yo quien te dijo que aquello tenía remedio, me entendiste mal. Cerraste lo que le quedaba al bar para cerrar y te dirigiste a mí haciendo eses con el cuerpo y con la boca, pero después me recuerdas: te recuerdo que hubo un día, me dijiste, en que el sueño, el frío, el hambre y el lunes eran nuestros. Te ofende gravemente mi carcajada: Francisco, te increpo, siguen siendo nuestros.
He pasado de la facultad a la parada de autobús, directa a casa, y de camino he atravesado la plaza de España porque tenía ganas de ver el palacio. Después fui a trabajar, como Kafka se fue a la piscina. He atravesado entonces la plaza Mayor y bajado toda la calle Huertas con prisas para no perder la costumbre, pensando en la mañana siguiente. Sin embargo, me atrevo a decirte que nuestro tiempo es nuestro, dirás. Yo soy positiva en ese aspecto: vi el palacio cuando me apetecía y puede que te parezca simple, pero era mío, profundamente mío ese recorrido que sólo interrumpía el vacío de mi estómago (eran casi las dos de la tarde), que por cierto también eran de mi propiedad, mi estómago y el hambre. Abandono paulatinamente el humor, que sólo viene de forma violenta, lo recuperarás, me dijiste aturdido ante la estación de metro cerrada, tan necesaria ahora que no veo tu edificio desde mi balcón, ahora que vives en ese abismo titulado Diego de León en el que no hay bares simpáticos como tú los llamarías de nuevo en nuestra etílica sinestesia constante. Pero en definitiva, si no se abandona el humor en algún momento, ¿tiene tanto sentido reírse después?
El humor es lo primero que elimino cuando conozco a alguien, y lo último que olvido una vez lo he mostrado. Sí. Cuando esto ha ocurrido queda poco que hacer: no pienso hablar en serio nunca más salvo por escrito. Si usted quiere comentar la actualidad, por favor (súplica) escríbame una misiva de las de antes (por mail, hablar de política es spam) o agarre una de las servilletas del restaurante y pida audiencia (que será igualmente por escrito, así que habrá poco audible). Ahora bien, para sentarse y reírse será usted bienvenido siempre y cuando no sea de mí ni de nada que no pueda solucionarse con lecturas o dietas hipocalóricas, vaya, que queda prohibido todo comentario sardónico en torno a mi barriga y en torno a mi ignorancia sobre algún tema, pues no le quepa duda de que intentaré solucionarla pronto si el asunto me interesa. Francisco, el humor es mejor regalo que la inteligencia. Lo digo sin ninguna duda. Porque de la inteligencia hay que reírse. La gente inteligente tiende a pensar que sólo es inteligente y que con eso basta, con lo que la inteligencia se convierte en un anicónico ídolo religioso deseoso de ser quemado, y no se preocupa de ser otras cosas, o mejor, no se permite serlas: no se puede ser contradictorio (porque eres inteligente), no se permite ser vanidoso (porque tú eres distinto), no se permite ser perezoso (porque estás destinado a algo importante), no se puede ser superficial (porque tú has venido a explorar los rincones del alma humana: zzzzz) ni se puede uno preocupar por la opinión de los demás. ¡Pero bueno, habrase visto! ¡Es un tostón! No se puede ser envidioso (¡y a mi me apasiona serlo!), ni mentiroso (ese alarde de imaginación…), ni hipócrita (¿qué necesidad hay de ser uno mismo todo el tiempo?), ni feminista ni machista (¿y entonces qué?), no se puede hacer nada que no sea de listos (…preparados… ¡ya!) y están absolutamente prohibidas las lecturas llamadas “ligeras”. En definitiva, Francisco, yo puedo ser muy sensible al gris de los mármoles del palacio real, pero la verdad, esto es tremendamente aburrido.

sábado, 4 de abril de 2009

En un lugar de la Mancha, 3 de abril de 2009
Querido Francisco,
Tras sólo veinte páginas del Tractatus Logico-Philosophicus ya cuestiono todo lo dicho en nuestras cartas anteriores. Y eso sin haber entendido nada; imagino que cuando lo entienda las borraré, o las quemaré, o mejor, las venderé (debe de haber algún coleccionista buscando documentos de juventud de grandes artistas, consciente de que son mucho más baratos cuando aún no son grandes y aún más cuando todavía no son artistas, algo parecido a invertir, hace no tantos años, en energía solar) y te daré una parte del dinero para ayudarte a dejar de trabajar. No trabajarás nunca más, y pasarás a engrosar una lista que es cada vez más larga (ya somos tres): los inútiles. Pero hoy no voy a hablarte de la inutilidad.
Wittgenstein. Bertrand Russell escribió la Introducción del Tratado, consiguiendo superar al autor, según mi opinión, en complejidad. Se supone que hay intocables (y estoy a favor, ha de haberlos por si acaso fallan los demás), pero cuando yo era joven la introducción arrojaba luz sobre un libro, y no al revés. Me recuerda a esos envidiosos autores que escriben un prólogo al libro de otro escritor para, y cito textualmente a una de estas alimañas, “que se entienda tras leer el libro”, intentando usurpar (siempre inútilmente, cosa que yo debería defender si no fuera porque no es lo mismo ser inútil que hacer algo en vano) el lugar que ese supuesto amigo suyo (pues así hablará el prologuista de él, con una inusitada confianza, en cualquier “cóctel” de la zona alta de la ciudad) se merece por el paso, hacia adelante o hacia atrás, que es un libro en la historia (la historia de qué, me dirás, pues nada, la historia de nada, supongo que la de la historia.)
Lo que te quiero decir es que no debemos prologar los libros del otro, pero estaría bien inventarnos sendos “alter-egos” que sí pudieran hacerlo para evitar conflictos entre nosotros. Si se acaban odiando podemos publicar artículos (y eso ya es un chiste porque a mí no me publican nunca nada y puede que nunca lo hagan) contra el otro: los prologuistas del poeta Francisco Jurado Chueca y la inútil valenciana Inés Plasencia Camps no se llevan bien. Quizá sea el comienzo de una Historia del Prólogo, ya me entiendes, no como su nacimiento sino como el nacimiento de la visión historicista del asunto.
Y consiguieron que nunca nadie hablara de sus libros y se convirtieron, gracias a sus “alter-egos”, en malditos poetas asalariados, mientras sus identidades inventadas alcanzaban la fama.
Evidentemente ya no estoy hablando de Wittgenstein y Russell, y contra esta frase estaría el primero radicalmente. Pero yo no necesito su apoyo, afortunadamente, aunque sí su ayuda, ahora que la Historia del Arte empieza a ser sólo una nueva frustración, como una laguna de aguas profundas ennegrecidas por un fondo inexplorado, porque ahora que el arte, o mejor, que la imagen no me basta para entenderlo todo al bajar a la calle, necesito algo más, y creo que ese algo más es la palabra.
Un ejemplo es que Mies van der Rohe tiene fama de poco hablador. Pues bien, te envío una fotografía de unos de sus edificios para que veas lo que intento decirte. Aunque bueno, si un puñado de nazis hubiera interrumpido una clase mía y me hubieran metido, junto a compañeros y alumnos, en un camión de ganado, yo tampoco tendría ya mucho más que decir.
Inés Plasencia Camps.

viernes, 6 de marzo de 2009

Madrid, 6 de marzo de 2009
Francisco, al profesor repetitivo se ha unido el profesor anecdótico. Le gustan, por ejemplo, las muertes de los arquitectos y teóricos de la arquitectura: con todo lujo de detalles cuenta cómo perdieron la vida sus referentes esenciales (llevo ya tres atropellados contabilizados). También le gustan las infidelidades de las clases altas porque dice que la presencia frecuente de la querida del comitente en la nueva casa condicionaba el número de habitaciones y su disposición, pero lo mejor: le encantan los cuentos. Hoy nos ha contado uno que trata de un hombre que se despierta en mitad del desierto y, tras encontrar un tren vacío en lo que él creía un oasis, llega a una inmensa ciudad vacía donde es el único ser vivo, rodeado de máquinas y altos edificios, llamada Mecanópolis, nombre a todas luces inocente que le puso el aún decimonónico autor, seriamente confrontado con la sociedad mecanizada que interrumpió su vida. No nos ha dicho cómo murió el escritor, pero sí que Unamuno le arrebató no recuerdo qué Cátedra, cosa que le dejó traumatizado y que le hizo presentarse a una oposición para un puesto de auxiliar en alguna Embajada. Yo no recuerdo su nombre, pero era parecido a la palabra cuchillo en catalán, a ver si tú lo averiguas. El profesor se llama Delfín.
Una hora antes de conocer el fatal destino laboral del señor Cuchillo descubrí que me interesa la organización del clero en la Edad Moderna, creo que porque el estamento eclesiástico es un catálogo de enfermedades producidas por la sangre envenenada, que a mí particularmente me encanta: eso sí es riqueza de espíritu. Luis XIV escribió en una carta que el obispo de una ciudad “debía al menos creer en Dios” para alcanzar dicho cargo.
Estoy absolutísticamente de acuerdo.
P.D.: ¿Qué tal en tu nueva casa? La luz del ático de tu antiguo edificio parece distinta, y en esa horrible plaza cercana hay más mala sangre que nunca, que ya es decir teniendo en cuenta que justo enfrente hay y siempre ha habido un Corte Inglés.
Inés Plasencia Camps

sábado, 7 de febrero de 2009

Madrid, 7 de febrero de 2009

Querida Inés, creo que después de muchos tiempo, no recuerdo si fue en mi niñez o sin funda alguna o con alguna funda, un sábado por la mañana, bastante descansado, me he dedicado tan entero a leer algo en lo que estoy completamente de acuerdo y exactamente acongojado por no haber estado ese domingo en dicho momento. Sí, lo sé, la distancia, los amigos, la temida agenda que nos separa.
Pero en fin, por ello tal vez no quiero que esta mía y mínima nota desvíe tu última entrada. Quiero que esta nota vaya subrayada a un lado, la tuya al frente y permanezca así solo por un momento. No te digo días ni horas, solo más tiempo.
Y aprovecho para solicitarte algo. Estoy algo harto, más cansado, de nuestra obligada y arcaica manera (arcaica no es la palabra, pero no se me ocurre una para definir el 'tiempo' a que nos sometemos impávidos) de pasar nuestros días (tampoco estoy de acuerdo con la palabra días), pero en fin, lo que quiero decirte es que siento que la gran muralla que nos deja fuera de encuentro, la gran distancia, es reacción directa del calendario al que nuestra mente se ha fundido: días de 24 horas, semana de 7 días, etc., etc. Estamos sometidos a andar de determinada manera a las 7 de la tarde cuando tenemos 15 años y de otra cuando son ya 24. ¿A la 1 de la tarde de un domingo de invierno cuál o de quién es tu funda? Gracias, Inés. Gracias, Clara.
Bueno, en fin, estoy dándole vueltas a ello, pero aprovechando la identidad de las funas, quería proponerte hallar sin vacilación la manera de desfundarnos de un reloj de 24 horas. ¿Qué te parece, Inés? ¿Me he explicado bien?
Y sí, Clara, Clara, mi cuarta amante, aunque Madrid hoy no se incline tanto y yo me incline más a repetir ese día (¿existe otra manera de ‘resaltar’ nuestros queridos recuerdos sin recurrir a la palabra día?).

Francisco Jurado Chueca

martes, 3 de febrero de 2009

Madrid, 3 de febrero de 2009
Querido Francisco, de nuevo mi amiga Clara (tu cuarta o quinta amante, ya no recuerdo, pero espero que la recuerdes tú porque aquel día, con la mesa peligrosamente inclinada por la topografía Madrid y el vino igualmente inclinado, a mí ya no se puede olvidar) tenía razón. En el mejor de los casos nos rebelamos contra una identidad que nos ha sido impuesta, pero en realidad sólo estamos poniéndonos otra funda por encima, quizá más a nuestra medida, más parecida a las personas que nos gustan, pero al fin y al cabo otra funda para los otros, así que lo único que hacemos cuando decimos que estamos buscándonos a nosotros mismos es buscar a otros, otros a los que preferimos, ante el fracaso de nuestra identidad primigenia, pero con una diferencia fundamental: la funda será, al menos, nuestra. A Clara no le basta. Ella sabe que la única identidad a la que debemos aspirar es una que elimine por completo esa palabra, que ya no sea un conjunto que entre sus acorazados muros aglutine cada gesto, sino sólo el vago recuerdo de cuando estábamos “en obras” y necesitábamos andamios y arneses para no caernos. He estado pensando un poco en esto desde que el domingo viniera a comer a mi casa, y mientras yo estudiaba un poco (poco concentrada en realidad ya que cada veinte segundos, o menos, una de las dos decía algo, algo a lo que la otra respondía exaltada), ella cocinaba un pollo con una salsa de nata y cebolla que hace desde que la conozco y que me encanta (y ése fue su regalo de domingo, además de un precioso libro de Historia.) He pensado que ante quien te conoce bien puedes dejarte puesta esa funda. En realidad ha visto cómo la tejías y no te dirá nunca que te la quites como hace quien no te conoce tanto creyendo ayudarte, sino que te dirá si te ha quedado bonita o si te viene grande, a lo sumo, y la admirará e incluso puede que te diga alguna vez si se la prestas un rato: tiene una cita, y tú se la prestas, y le dices que se la puedes dejar los viernes porque quieres dejar de salir tanto pero a cambio de que tú te puedas poner la suya los martes para ir al cine sola, y antes de que empiece la película, en el Café de las Estrellas, frente a los cines Golem, mires por la ventana y al ver la gente que pasa te sientas tan vacío que reconozcas al fin todo lo que no ha cambiado, lo que permanece igual tras el intercambio de fundas, la misma sensación de que los demás, en realidad, no existen del todo.
Pedí una cerveza y me reía pensando en las prisas que el ferrocarril introdujo en nuestras vidas, finalmente rematadas por el ADSL. Me reía pensando en que cuando te paras tienes una sensación parecida a la un niño que da vueltas y vueltas a toda velocidad y se detiene de repente porque quiere marearse. ¿Sabes por qué lo hacen, Francisco? Porque es la droga de los niños, la versión infantil de ir como una cuba. Se ríen incontrolados y miran en todas direcciones, sienten placer justo antes de estamparse contra el suelo, Francisco, desde donde te miran riendo buscando tu aprobación, la confirmación de que lo que acaba de ocurrir ha sido tremendamente divertido. Pues bien, así es como me siento yo cuando me paro, cuando me quito la funda y les digo, riendo, “¿a que ha sido divertido?”, pero sólo encuentro, entonces, miradas adultas que me levantan del suelo, me sacuden la tierra del pantalón, y me dicen que no haga más tonterías. Realmente, Francisco, a veces dan ganas de hacer como si no existieran.
Inés Plasencia Camps.

miércoles, 21 de enero de 2009

Madrid, 22 de enero 2009

Y estaba ya todo oscuro. Eran la cinco de la tarde de 24 de diciembre de 2008 y habíamos caminado, entre algo de lluvia y un par de horas, desde la Via Salaria hasta la Basílica Santa Maria Maggiori por unas calles que hoy comparto con la memoria justa para volver el primer día que se justifique un canto. Pero tenía ese 24 tantas ganas de escurrirme por esas piedras que desbordan soberbia y vida que no pude disfrutar de tanto frío y de las hermosas visiones mortales de María. Pero tenía ese 24 fiesta de viaje, de caminar hasta allá. Sin embargo, no había mucho que decir mientras más cerca de mí expresamente una actitud me acompañaba. Desperté como me acosté: tenía el alma con las rodillas clavadas en mis pantorrillas de tal forma que su cabeza apenas rozaba mi nariz y así un tanto fuera de mí se dejaba oler, acariciar la mejilla y sus sienes, saber que se agotaba y tanto que permitía aún asustada que la sostuviera del vientre, dos diez pasos y le contara mis primeros días, la feroz conciencia de empezar de nuevo. Sin embargo, tuve que detenerme, ver con una música suave la piedad de todas las piedras y del papel estampado. Muchos idiomas y tanto frío alegre, perritos calientes, manjares, dulces de leche, gaseosas, zapatos a 5 euros, pantalones grises, póquer, el cuento de una pelea, el orgullo del triunfador, del tío y del amigo, flores, tarjetas telefónicas para cualquier rincón del mundo, ladrones de gasolina de motos, piernas, zapatillas, mi alma las quería con toda la sangre en su cuerpo, periódicos, servilletas, pescados fritos, un rincón, ajedrez, la radio, el teléfono, un tenedor, un vino, un estallido, un sobresalto, mierda, otra vez.
Ese día comí mucho, durante cinco horas, y en una lágrima tres y veinte de la mañana 25 de diciembre me dejó.
Cerca la estación de Termini, así que, Inés, se quedó.

Francisco Jurado Chueca

domingo, 11 de enero de 2009

Madrid, 11 de enero 2009

Aquí estoy. Perdona Inés, pero recuerdo tantas veces el día de ayer que tengo la sensación en el cuerpo de que tan enorme ceremonia se manifestó hace apenas unos minutos, consciente de que mañana aún lo recordaré y de que un día tan lejos no siempre puede quedar como tal. Un día de ayer. Lo tengo en mi mente y sonrío. Ella también. Mañana llegaré a casa después del trabajo diario y ella estará en casa cuando vuelva y desenfundará una sonrisa que armoniosamente acompañará con un ¿cómo estás?, ¿estás bien? y disparará con un poco de tristeza “te veo extraño”. Y aquí estoy.
¿Tú, cómo estás?
Ayer estaba en un bar, como hace cinco días también y dos personas tocaban, cantaban y reían mientras yo a veces encontraba, entre tanta gente, rostros amigos que están tan lejos que era imposible que ayer estuviesen. Mañana tal vez sí. Hoy no, pero ahora estoy aquí en una pequeña ciudad con una sola idea en el corazón, Inés.
Lanzar mañana una pequeña piedra a un bloque de hormigón enano y abrir así una diminuta ventana por la que Dios por fin pueda ver.
¿Me acompañas? Miedo tengo. ¿Tú? ¿Dios mirará?


Francisco Jurado Chueca

martes, 6 de enero de 2009

Madrid, 6 de enero de 2009
Se puede hacer algo original, bonito, al salir a la calle y apenas pisada la acera ya entendemos todo, por lo menos si ha valido la pena bajar y si no, qué diablos, vuelve a casa y hazte un ovillo de lana, escóndete en algo peor que la ira y prepara otro café. Aquella mañana, después de dormirme la noche anterior, lo confieso, llorando (y sabe mi amiga Raquel que yo eso no lo hago mucho), amaneció con el mismo sol, violento, brillante, e intenté ponerme a estudiar de inmediato. Pero el blanco me distrae. Madrid tiene unos tejados que no todas las ciudades tienen, así que no pude concentrarme como hubiera debido en Gustave Moreau y escuché no sé cuántas veces una canción de Nacha Pop que habla de la fragilidad en este mundo descomunal mirando por la ventana. No puedo dejar de mirar por la ventana, no puedo dejar la calle pero ahora no quiero bajar a ella porque no creo ir a entenderlo todo al pisar la acera; desde aquí veo la cúpula de la catedral, todo controlado. La costa de la Vega desciende como una ola hasta la M-30. Desde el tercer piso los coches son sólo una ligera vibración.
El pasado viernes salí de trabajar excepcionalmente a las tres del mediodía porque una compañera me lo pidió para aprovechar más tiempo con su familia, y como yo soy de los que no van a casa en Nochevieja me daba igual trabajar por la mañana o por la tarde y en general, aunque no hubiera sido día dos de enero, me hubiera dado igual trabajar por la mañana o por la tarde porque, aunque hasta hace no mucho prefería tener las tardes libres, ahora no lo tengo tan claro porque definitivamente la luz no es la misma y despertarse y poder quedarse mirando la ventana y los balcones y los tejados y el blanco de los edificios reflejado es un lujo, un lujo, un bálsamo, si yo me dormí anoche casi llorando o al menos con unas ganas atroces de hacerlo y esta mañana fue esa luz y sólo esa luz (y no esos falsos regalos, chantajes, sobornos que día tras día se supone que he de perseguir, ya sabes, de quién, para quién y lo que tengo es lo que soy además de todas esas vomitivas campañas publicitarias dirigidas única y exclusivamente a que mi deseo y mi frustración estimulen mi necesidad de consumo) la que me hizo volver a sentir la calidez, la pertenencia, lo mío (nada era ajeno, Francisco, bañado en esa mañana de Reyes; escuché a los operarios retirando las luces), así que trabajar por la tarde y dejarse llenar de eso me gustaba, pero aún así, para hacer el primer favor del año, le cambié el turno y al salir del trabajo fui a devolver dos libros que me gustaron bastante a la biblioteca que hay cerca de la plaza Olavide, donde yo vivía antes de mudarme a la calle Mayor, y al bajar Fuencarral, entre Quevedo y Bilbao, casi a la altura de la Casa del Libro, me crucé con él.
Llevaba una cartera grande colgada de un hombro. A pesar de los dos metros y medio que nos separaban, supe que no fumaba porque olía a fresco y tenía la piel transparente; tenía el pelo muy oscuro pero no llegaba a negro y era alto, creo que al menos un metro ochenta de estatura (a estas alturas, por lo del metro ochenta, ya sabrás que te estoy hablando de amor.) Lo creas o no, él también me miró (sobre la posibilidad de preocuparse ante la fija mirada de una desconocida prefiero no hablar) y pensó, creo, que tengo piel de fumadora y cara de salir de trabajar, así que era una lucha desigual pues él estaba limpio y alegre, quizá porque había estado mirando por la ventana durante toda la mañana, aunque en ese barrio los tejados son sobre todo de pizarra y no de tejas como en el mío. Apartábamos y cruzábamos la mirada una y otra vez; me temblaban las pupilas. Yo siempre le había estado esperando. Tuve ganas de coger el cuello de su chaqueta y quitarle suavemente la pelusa que se adhiere siempre a la pana, decirle que mis vistas son mejores que las suyas y que puede venir a mi casa cuando quiera, pero a la misma altura (aunque mi cabeza me decía “invítale a un café, invítale a un café” , desgraciadamente yo no podía oír nada porque no me abandonaba la melodía de Nacha Pop), quiero decir, cuando atravesábamos el instante último antes de estar detrás de alguien, la mirada de reojo que nos dirigimos fue un latigazo hondo y quise volver al trabajo y no parar nunca de trabajar, alienarme para siempre, olvidar aquello, dejarlo estar, pensar en cosas sencillas como dar el cambio y dejar ordenada la tienda por la noche para superar esa pérdida que en realidad tan poco me había dado, poco más que ese segundo último antes de que todo, absolutamente todo, parezca estar detrás de ti mientras tú, piel curtida, fumadora, te adhieres de nuevo al chantaje de la pelusa en la pana y los días siameses que se pegan los unos a los otros sin más opción que sacrificar bien al anterior, bien al siguiente, para poder al menos llegar hasta el fondo de uno porque es tan, tan peligroso, Francisco, despertarse un día y confundir el anterior con cualquier otro, cruzarse con hombres con carteras colgadas del hombro y no tomar una bocanada de aire, limitarse a lo imprescindible; tan arriesgado limitarse a las rebajas de enero, a las subidas y bajadas de temperatura, a la hora exacta en la que te citó el abogado que te recomendó un amigo que ahora le debe dinero hasta a sus familiares. Eso sí que es verdaderamente peligroso pero aún así, por favor si alguien vive cerca de la glorieta de Quevedo y acostumbra, o no, a pedir una tortilla de patatas entera con una ensalada por doce euros en la plaza Olavide, dile que estoy dispuesta a cambiar el turno en el trabajo (sí, y perderme esta luz) si a él le viene mejor e incluso ser puntual a cambio de invitarle a un café.
Inés Plasencia Camps

sábado, 3 de enero de 2009

Madrid, 3 de enero de 2009
Nuestra excursión al Escorial se vio boicoteada por la lluvia. Yo había ya recogido la ropa tendida del patio, leído algunas páginas de un libro que me habían regalado aquella semana y ante el ordenador recordé la noche de Año Nuevo en que aparecimos en tu casa cuando el 2009 tenía ya cuatro horas de edad. Al día siguiente nos vimos en Casa Ciriaco, frente a mi casa. Al principio el local estaba frío como las mesas de mármol que lo llenaban; después fueron llegando los habituales y discutimos sobre Ignacio Zuluaga y Ortega y Gasset (alguien me contó una vez que escuchó en el metro cómo un padre le explicaba a su hija que Ortega y Gasset eran dos personas diferentes, Ortega uno, Gasset otro, grandes amigos, imagino, trabajando codo con codo como el doctor Jekyll y el señor Hyde), no sabíamos quién era el gordo de la foto y ahí ya nos peleamos; tuviste que pasarte al vodka.
Bueno, sólo quería desear Feliz Año a quien estuviera receptivo. Yo felicito el final del anterior (que, no lo neguemos, después de doce meses nos tiene a todos cansados, y con razón) hasta bien entrado febrero. Le pedí fuego a Demetrio, que es un hombre que tampoco lleva nunca encendedor porque intenta dejar de fumar cada tarde, pero que acaba siempre cruzando la calle para comprarse su paquete en el bar de enfrente y pidiendo fuego a Álex, el camarero, al que religiosamente se lo devuelve Demetrio al marcharse porque qué es un camarero de los de antes, como los de Casa Ciriaco, sin encendedor. Entonces volviste del baño e hicimos planes. Si los sumáramos todos podríamos estar ocupados por lo menos durante seis o siete años.
-¿Qué tal México? -me preguntaste.
Tan lejos que mi recuerdo se parece a mi querida vida imaginada, ésa que ocurre, te dije, entre el Campo del Moro y Moncloa, cansada a las siete y media de la mañana con el pelo todavía mojado y caminante entre personas con cara de vigilia: te recuerdo que hubo un día, hace años, en que todo estaba ahí colocado para nosotros, o ésa era nuestra sensación, y si yo hubiera tenido que discutirlo con alguien que me dijera que el mundo es el mismo para todos le hubiera dicho “señor, su existencia es de lo más triste, no me podría dar más pena ni tan sólo la imagen reflejada en el estanque de los pavos reales del parque empapados por la lluvia que nos impidió ir hoy al Escorial” si usted piensa que el mundo es el mismo lugar para todos. Si usted piensa tal cosa, señor Demetrio, no me extraña en absoluto que sea incapaz de dejar de fumar, pues para hacer algo es imprescindible ser capaz de imaginárselo primero, y entonces fue cuando me dijiste que los años y su duración se los habían inventado otros, ¿las horas también?, te pregunté, las horas también, me dijiste, las horas sobre todo, y que acababa un año, es cierto, pero la vida de nadie es un año o un segundo puntual sino un extenso mirador, me explicaste y cuando te pregunté si eso quería decir que mejor no esperar nada del 2009 tú pediste otro vodka. Te dije que era en Madrid donde yo había sido realmente feliz; donde me tocó vivir los años en que el mundo parecía hecho a medida y eso no se olvida, Francisco, así que Madrid puede de ahora en adelante cometer tantos errores como quiera porque siempre será la ciudad que imaginaba cuando la vida era poco más que aquello que imaginábamos mientras fumábamos diciendo que podríamos dejarlo en cuanto quisiéramos.
Inés Plasencia Camps

viernes, 28 de noviembre de 2008

Madrid, año cero

Un poema de Blake dice: “Quien a sí encadena una alegría/ destruye la vida alada.” Estoy aprendiendo mucho con ese profesor que tanto se repite, como que no grita el hombre sino el paisaje en el famoso cuadro de Munch, aunque eso sólo lo dijo una vez. Una lástima. Yo estaba recorriendo noviembre como podía, siempre con prisas. Los animales que sobreviven son los que se adaptan al medio, así que técnicamente la mitad del mundo se está extinguiendo y la otra mitad sabe que el jefe será quien mejor imite al anterior líder. Los poetas no estáis a gusto nunca; los escritores estamos a gusto los fines de semana. Es diferente. Los poetas estáis atados al mito y salir a la calle es una provocación; los prosistas estamos atados a las relaciones de causa-efecto y el nombre de las calles nos los sabemos de memoria porque el nombre nos importa más que la propia calle. Todo se nombra, también lo que no existe o lo que existe durante un segundo, pero los escritores de relatos y novelas nombramos lo que conocemos; los poetas enunciáis lo que no existe y cambiáis de línea cuando todavía queda espacio. Es diferente. Sólo quería que supieras que te entiendo, aunque no leo mucha poesía desde que supe “que la vida iba en serio.”
Dicho esto, estaba yo sorteando los días de noviembre entre los dibujos de William Blake cuando fui consciente de haber salido inmune del regreso a Madrid. En la universidad escuché las quejas de un estudiante. Se quejaba de no tener tiempo y dormir seis horas; yo me alegré de escribir. Creo que de no hacerlo habría desaparecido como mi nombre, que empecé a considerar algo totalmente ajeno a mi persona. Inés, escribo, Inés. No me importaba nada ese nombre, no me recordaba a nada, tampoco a ninguna infancia, la infancia de nadie. El estudiante suspiraba, golpeaba la mesa agitando mi ordenador, su novia se acercó y le hizo algunos mimos: había conseguido lo que quería. Me hizo reír pensar que el estudiante no sabía que frente a él esa chica escribía sobre él. Decía que no tenía tiempo como si fuera culpa de alguien que estuviera sentado en la misma mesa. Yo estaba harta del Apocalipsis que nunca llegaba, todavía hoy, no lo he visto nunca, sólo veo a montones de apocalípticos que lo vaticinan pero siempre me dejan a medias y el Apocalipsis nunca llega. Me prometían que todo sería destruido, que era el fin, que nunca nada sería como antes y yo tenía unas descomunales ganas de presenciarlo (de algo hay que morir y morir de Fin del Mundo es un privilegio) y ver si todo estallaba pero nada, no había manera. Creo que llamaban Apocalipsis a irse de vacaciones.
¿Inés? Plasencia Camps.

domingo, 16 de noviembre de 2008


Roma 23 de octubre de 2008

L’ho sentita sempre dire a Lima o in varie provincie del mondo, non ricordo i nomi né le circostanze esatte, ma questa frase mi ronza ancora nella testa e lo fará durante tutta la mia vita, quando si sposa una persona, in realtá si sposa anche tutta la sua famiglia. é cosí vero che, prima di essere qui, avrei dovuto retrocedere nel tempo per annuire con un vigoroso “lo so” a chi me lo ha detto per la prima volta ed aggiungere ancora piú sicuro, che per fortuna é cosí, che consegnare tutta la mia vita alla famiglia di Ivana é la espressione piú sincera che trovo per dire che la vita eterna esiste.
Ma non torno indietro nel tempo perché non voglio smettere di godere questo momento. Non voglio dimenticare mai questo istante perché, oltretutto, dicono che ritornare indietro nel tempo fa male.

Oggi l’unica cosa che mi dispiace é non poter ringraziare la allegria che mi trasmettono i genitori, gli zii, la famiglia intera di Ivana, gli amici che sono qui e quelli che no sono potuti venire perché il mare é profondo.
Mi dispiace non poter trovare le parole che possano decifrare ciascuno dei sottilissimi fili che oggi sostengono la mia allegria.
Mi dispiace, oggi, l’impossibilitá del mio corpo di consegnare forse con un gesto o un semplice abbraccio, ció che queste povere parole lasciano nell’aria.
Ed infine, mi duole sapere che la mia lingua é crudele ed intuire con amarezza che sebbene cerchi ferocemente anche in Italiano, tanta bellezza non puó essere tradotta in nessuna lingua.
Peró Ivana é il mio ponte. Il fatto che oggi lei stia al mio fianco riassume il mio destino e rafforza la mia interezza per divenire un essere immortale.
É vero, tanta felicitá puó far diventare superbo chiunque, ma Ivana, i suoi amici ed i miei amici, la mia famiglia, tutta quella che adesso sento come mia famiglia, tutti coloro con cui oggi mi sono sposato, per fortuna non lo permetteranno.

Da parte dei miei genitori, delle mie sorelle, dei miei zii e mia, grazie di tutto.


Francisco Jurado Chueca

viernes, 14 de noviembre de 2008

Hace diez días que te espero congelada en la plaza de Oriente.

viernes, 31 de octubre de 2008

Ciudad de México, 29 de octubre de 2014
Lo de México tuvo que ver con "Los detectives salvajes" de Bolaño, sin duda. Lo leí en octubre de 2008 y tuve la sensación mientras lo hacía de que era allí a donde tenía que marcharme al acabar mis estudios. Mi madre me dijo que era un país muy peligroso y mi amiga María se reía conforme iba profundizando en mis motivos para la elección de aquel destino, que no eran sino una serie de señales que venían apareciendo en mi camino y que no había interpretado correctamente hasta la lectura de aquella novela, especialmente una conversación que siete años antes (es decir, cuando yo tenía veinte) había tenido contigo y que no hubiera recordado si no me lo hubieras recordado tú en un correo electrónico, en la que al parecer yo te dije que a veces me gustaría ser de otra parte y tú me preguntaste que por ejemplo de dónde, me dijiste, de México, contesté, por ejemplo a veces me gustaría ser de México, y la respuesta fue tan automática (ignoro por qué fue ésa y no Colombia, por ejemplo, estando yo como estaba tan intensamente enamorada de un colombiano en esos días o Francia, que era la nacionalidad de mi amante de ese momento) que no podía querer decir otra cosa que México y yo teníamos que conocernos. Durante un tiempo ese deseo fue tan intenso que pensé en dejar mis estudios y mi trabajo en una librería y marcharme a principios del siguiente año; poco a poco, aunque mantuvo su categoría de idea firme, concluí que podría esperar a acabar la carrera y hacerlo bien, y hacerlo bien consistía, entre otras cosas, en irme libre de España para no tener que volver en el caso de no querer hacerlo.
Otra señal que nunca había considerado una era mi tío Pepe, que en realidad no era mi tío sino el tío de mi padre pero como si lo fuera y que además era antropólogo especializado en culturas americanas precolombinas y viajaba mucho a México y, aunque cuando yo entablé una relación más estrecha con él ya no viajaba, me habló mucho de ese país, me habló mucho de sus playas y del DF, de la universidad allí y de sus colegas mexicanos y de cómo se sentía o se había sentido cuando iba, pero como yo era muy joven, incluso más que ahora, y aunque si no me equivoco yo ya había elegido la mexicana como azarosa nacionalidad suplente en el caso de que la mía acabara resultándome insoportable (para lo cual, por otra parte, no faltaba poco) yo no escuchaba a mi tío (porque en el fondo era mi tío o mucho más que mi tío) como si ese México tuviera algo que ver con mi vida y lamentablemente cuando descubrí que México me había estado buscando mi tío Pepe llevaba muerto unos cuantos años, y no me atrevía a llamar a ninguno de sus colegas de la UNAM para que me ayudaran al llegar.
Bueno, el caso es que yo imaginaba México sensual, voluptuoso y lleno de ciudades con grandes avenidas, que es como a mí me gustan las ciudades. Abandonar Madrid era una idea que no me disgustaba en ese momento, pero me quedaban todavía dos años para acabar la carrera. Madrid estaba allí todavía, claro, y por supuesto tenía grandes avenidas pero poca voluptuosidad. De hecho carecía por completo de ella, por no mencionar la sensualidad, la verdad es que Madrid corría a una velocidad considerable y seguía siendo la mejor ciudad del mundo para quien saliera de trabajar a las siete y media o las ocho de la tarde porque ésos son los verdaderos dueños de Madrid, pero la verdad es que era y es poco voluptuosa y comparado con México España tenía pocos sonidos naturales y demasiados sonidos que se han puesto ahí como si nada, ya sabes, música infernal que sale de las tiendas e inunda las calles, una detrás de otra se suceden las emisoras de radio que escucha cada vendedor ambulante de lotería y los andenes del metro, incluso los andenes de metro, Francisco, están bañados en un hilo musical que bajo las voces que se pisan y el chirriar de los raíles ni se escucha con claridad, así que yo lo encontraba absurdo y mientras tanto me imaginaba México silencioso, pero de un silencio roto de repente por sonidos oportunos, necesarios, que no puede uno imaginar en otra parte salvo ahí, ya sabes, ruido de coches en un atasco en el centro de la ciudad, voces en un restaurante, gritos en las escuelas infantiles, y fue por todo eso que imaginaba de México que finalmente, poco después de escuchar aquella llamada y pese a lo que en un principio había considerado más razonable, que era esperar, me fui de repente hace seis años sin ni siquiera avisarte y con mis estudios universitarios inacabados interrumpiendo nuestra correspondencia de manera tan abrupta, poco después de tu boda, y ahora que estoy a punto de volver quería saber si serías capaz de enviarme alguna foto tuya actual antes de que nos veamos frente al Palacio Real dentro de cinco días porque así, si hubieras cambiado mucho, yo no me sorprendería y podríamos pasar directamente a cuestiones más interesantes que lo que hemos estado haciendo estos últimos seis años.
Inés Plasencia Camps

lunes, 27 de octubre de 2008

Castillo de Fezzana, 27 de octubre de 2008
Disculpa nuestra entrada triunfal. Era el día de tu boda y de esto ni te acordarás, pero yo todavía me río cuando recuerdo a los invitados esperando a que tu esposa cruzara la puerta y sus risas al vernos a nosotras entrar corriendo delante de ella. Le juré a Raquel que nunca la llevaría a otra boda. Y luego la fiesta sobre ese maravilloso barco atracado al borde del Tíber, te pido otra disculpa: nos fuimos temprano, demasiado vino blanco. Sé que no paré de comer y de bailar, tú estuviste casi todo el tiempo junto a la puerta hablando con alguno de los tíos de Ivana (debe de tener muchos o quizás no sabías quiénes eran y me decías de todos que era uno de sus tíos) y de vez en cuando yo pasaba a tu lado y nos dábamos un abrazo, me dabas las gracias por haber ido y yo te decía no, gracias a ti, y así decenas de veces, qué pesados. Todo por no decirnos un sencillo “de nada”, todo por no hablar como personas normales, qué pereza, qué risa, Francisco. Lamentablemente tuvimos que irnos temprano por culpa del vino. He de confesarte que nos hicimos amigas de los camareros para conseguir más botellas y ésa fue nuestra sentencia de muerte, ser tan simpáticas, ya te lo dije hace tiempo: Francisco, tengo que ser menos simpática, que luego si no necesito vino no lo soy tanto y me lo echan en cara y me dicen “con lo que tú has sido, Inés, con lo que tú has sido”. Y sí, negro, con lo que yo he sido ahora tengo sólo dos preguntas (cuando yo siempre he tenido miles al mismo tiempo) y mis preguntas son: ¿por qué ponerse tacones para ir a una boda si luego una acaba descalza para poder bailar? Y por otra parte, ¿de dónde sale esa tristeza? Cuando el día anterior llegué a Roma desde Madrid y cogí el autobús que me llevaría desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad viví aquel trayecto con una inmensa felicidad, y al día siguiente te miraba y pensaba “míralo junto a la puerta, en plena conversación bilingüe, cualquiera diría que está acostumbrado a hablar en otro idioma con sus interlocutores” y también me sentía bien porque es verdad, siempre hablamos en un idioma diferente del de la persona con la que estamos y sin embargo continúa habiendo bodas a la orilla del Tíber, continúan reflejándose las luces, por eso me lo pregunto, ¿por qué estropearlo todo poniéndose unos estúpidos tacones?
P.D.: Otro día hablamos sobre cómo la juez pronunció tu nombre.
P.P.D.: En realidad tengo una tercera pregunta: si Ivana tiene tantos tíos, dónde estaban sus primos?
Inés Plasencia Camps

martes, 14 de octubre de 2008

Madrid 33 de octubre de 2008

Acabo de salir de una buena peluquería en Chueca. Un lavado de pelo, un bocado de tarta de fresa, una historia de Santiago de Compostela y al frente del espejo caía tanto pelo como las ganas de subirme en Roma a la moto de Amedeo con mi primer traje negro, con mis primeros zapatos negros completamente lisos y mi primera camisa blanca con gemelos. Y mientras cambiaban peines por tijeras y música por cuchillas caía también cada uno de los fortines que con flechas y fuego resguardaban el nivel de cada uno de mis sentimientos. No desbordarse era la consigna. No expresarse con tanta independencia. Resistir a la realidad. Pero me corté el pelo una semana antes de subirme a esa moto que me llevará a Caracalla y con audacia cada uno de mis sentimientos dejó caer piedra y piedra, cadenas y puentes. Abrigos. Años convincentes.
Sé que la próxima semana nos veremos, que disfrutaremos a conciencia del Tévere y de la Fontana di Trevi. Sé ahora que empezó el otoño más lluvioso, enigmático y de blanco corazón que sumergirá en mi vida otra vida y otra vida y toda otra vida.
Me gusta mi corte. Ya lo notarás.
Ah, las sepias también.
La vida más que nunca. Las calles como son.


Francisco Jurado Chueca

martes, 7 de octubre de 2008

Madrid, 32 de octubre de 2008
A mí me pareció la misma clase repetida. El profesor, que seguro era el mismo (y eso no hubiéramos podido debatirlo frente a unas copas de vino, aunque por qué no, realmente debería de haberle preguntado, ¿no crees?, decirle ¿es usted el mismo?), hablaba esta vez del siglo XIX y no del XX como en la clase inmediatamente anterior , en la que dedicó la hora y media completa a recomendarnos una bibliografía sobre el arte de esa época, así que ya sabía lo que nos esperaba (me refiero al centenar de individuos que había madrugado con toda su buena voluntad protegiéndose de lo que sus cabezas podían depararles, como observar, imagínate, todos los espejos en que se convierten los cristales del vagón, donde también estuve yo) que era ni más ni menos que una hora y media para escribirte, y acabo de recordar algo que no te conté, por un olvido, esa noche que ante un guiso de sepia (la primera vez que comías sepia, cosas de ser peruano, pensé, cosas de ser tú, entendí después) un poco demasiado salado por mi ansia de hacer sabrosa una receta inventada te conté que por un tiempo no quería nada de lo que ocurriera fuera de mi apartamento, por lo que ni siquiera iba a invitar a nadie durante una temporada. Se me olvidó decirte que el viernes, en el trabajo, leí el mail de una clienta a la que habíamos enviado una factura y, ante la imposibilidad de abrir el archivo, nos daba otra dirección electrónica para que se la enviásemos por favor de nuevo. Esta dirección terminaba así: @franciscojurado.com, y no me lo estoy inventando. ¿Recuerdas que el viernes íbamos a llamarnos para otra copa de vino blanco y ninguno de los dos lo hizo? La sal era una venganza, la sepia era una trampa, una excusa para decirte que el verano había acabado y que el otoño había comenzado con tanta violencia que yo sólo podía quedarme tranquila y calladita, no para que pasase más rápido, sino para sacarle provecho, ya sabes: te presté unos libros, escribí un rato después de que te fueras (estaba escribiendo un relato sobre cómo la injusticia se pronuncia cuando uno se entera de algo que no pidió saber), y me acosté temprano acomodando a mi gato entre mi vientre y mis rodillas.
Inés Plasencia Camps

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Madrid 25 de setiembre 2008

Ocho de la mañana, jueves. Llevo mucho tiempo sin escribir un jueves por la mañana. Más es el tiempo que lleva sin escribirme.
Juguemos. Brindemos en Madrid, en Roma, en Lima. Vino bianco, cañas y pisco.
Juguemos y hagamos que escribo.
Un beso.
Estoy aquí, otra vez, espero quedarme lo tanto que pueda soportar, un poco más no creo. Pero me alegra que estemos aquí.
Juguemos y disfrutemos con el café y los insoportables mareos que dejan la cucharita y la taza cuando se juntan.
Besos

Francisco Jurado Chueca